El mes de junio es el mes del Sagrado Corazón de Jesús. Y hablar del Corazón de Jesús es hablar de su misericordia, de la misericordia del Dios tres veces Santo que, desde la altura de su majestad, no dudó en abajarse hasta la miseria de nuestro pecado.

Por ello, cuanto más conocemos el misterio admirable de Dios en su Ser y en sus Personas, tanto más admirados, sobrepasados y agradecidos quedamos al contemplar el derramamiento de su amor sobre nosotros.

¡Qué feliz es Dios en su vida íntima! ¡Y qué inmenso es el Corazón de Jesús, Verbo Encarnado, rebosando misericordia para nosotros!

 

  

Desde el Seno del Padre,
en el impulso y el amor del Espíritu Santo,
por el costado abierto de Cristo
que repara infinitamente al Dios tres veces Santo ofendido,
se desbordan los torrenciales Afluentes de la Divinidad
en compasión redentora de divina e infinita Misericordia
sobre la humanidad caída

 

El día 22 de junio, Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, al amanecer, invadida por la luz del pensamiento divino que se iba profundizando cada vez más aguda y penetrativamente en lo más recóndito e íntimo de mi espíritu, sobre el misterio de Dios sido en sí y en manifestación esplendorosa de su Majestad soberana hacia fuera;

Imagen del Sagrado Corazón
que presidía el local de la zapatería.

intuía, descubriéndoseme muy clara y profundamente, que así como Dios en la infinitud de sus atributos y perfecciones es un solo y único acto de ser en actividad trinitaria de Familia Divina; en el cual su serse serse el Ser y su obrar son en ese solo y único acto de ser, en el que Dios se es para sí lo que es, sido y estándoselo siendo en sí, por sí y para sí en gozo coeterno y consustancial de Divinidad, por su subsistencia infinita;

en ese mismo acto de ser, aunque de distinta manera, Dios realiza hacia fuera, para manifestación de su infinito poder y el esplendor de la gloria de su Nombre, la creación, y el sublime, divino, sorprendente y subyugante portento de la Encarnación para la restauración de la humanidad caída. […]

Y este mismo día 22, penetrada por las candentes lumbreras del Espíritu Santo, reverente y adorante ante Jesús Sacramentado en el sagrario; y de un modo más trascendente en el momento de la Santa Misa al comprobar que se celebraba la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús; […]

se iba imprimiendo en mi espíritu que rebosaba de gozo bajo la brisa de su cercanía, e introducida en los misterios divinos, cómo la Encarnación es asimismo un acto personal y trinitario en Dios.

El cual, ante la rotura de sus planes eternos sobre la creación por el «no te serviré» del hombre caído; movido en compasión de ternura infinita, determina, por la voluntad del Padre, en el Verbo, mediante el amor del Espíritu Santo, para el esplendor de su infinito poderío en manifestación de alabanza de su gloria, que el Verbo Infinito se haga Hombre; inclinándose sobre nuestra miseria, lleno de amor misericordioso. […]

Y ante la excelencia infinitamente subsistente y suficiente del que Es, y su derramamiento hacia la humanidad, lleno de amor misericordioso; bajo la nulidad, la pobreza y la miseria de mi nada por la limitación de mi bajeza y ruindad, volviendo a mi canto de amor puro en himno de alabanza, exclama mi alma, sobrepasada y llena de gozo en el Espíritu Santo:

¡Quién como Dios…!; y ¡qué tiene que ver la criatura ni todo lo creado con el Creador…!

Y llena de agradecimiento al Dios misericordioso tres veces Santo, necesito contar de una manera sencilla y espontánea lo que me sucedió, siendo aún muy joven, cuando estaba despachando en el comercio de mis padres.

Fachada del negocio de calzados “La Favorita”,
propiedad de la familia de la Madre Trinidad.

Para lo cual transcribo a continuación este fragmento de un escrito del 8 de mayo de 1997.

«Un día, […] que entraron en nuestra tienda unas desgraciaditas mujeres de mala vida, inmediatamente me puse a atenderlas, para que no tuviera que hacerlo mi hermano Antonio.

Y las pobrecitas empezaron a hablar de una manera muy descocada, diciendo muchas picardías entre sí, y palabras soeces.

Ante lo cual, yo, indignada, corrí presurosa a la trastienda donde estaba mi hermano, y como con mucha dignidad religiosa –¡pobre de mí!–, le dije:

“En nuestra casa y en nuestro comercio, teniendo nosotros la imagen del Sagrado Corazón puesta en el centro de la tienda, ¡no podemos permitir que se hable de esta manera! Por lo tanto, ¡ahora mismo!, salgo corriendo y las despido”.

Mientras que mi hermano, con la misma dignidad y orgullo religioso que yo, me decía:

“¡Échalas!, ¡que se vayan de nuestra casa!”.

Y cuando salía presurosa de la trastienda para despedirlas, diciéndoles –con lo que yo creía santo orgullo– que en nuestra casa, ¡tan religiosa y tan digna!, no se podía hablar así…; ¡oh! […] lo que me sucedió:

Se grabó en lo más profundo y recóndito de mi espíritu una frase que, por mucho que esta pobre hija de la Iglesia viva, nunca la podré olvidar:

“Por ellas he derramado toda mi Sangre…”.

Ante lo cual, parándome en seco, rápidamente volví donde estaba mi hermano, diciéndole profundamente compungida e impresionada:

“Antonio…, ¡por ellas ha derramado Jesús toda su Sangre…!”.

Mi hermano, no conociendo el porqué de mi cambio de postura, me contestó muy contundente:

“¡Despídelas!, ¡que se vayan!, ¡que se vayan…!”.

Entrando de nuevo en la tienda, impresionada porque ¡no era un poco o una gotita, no, sino toda la Sangre de Jesús la que había sido derramada por cada una de ellas!; sentía ¡tanto amor…!, ¡tanta comprensión…!, ¡tanta ternura…!, que, si hubiera sido Jesús el que estaba allí, no le hubiera podido atender mejor.

De forma que experimentaba el deseo de tirarme a sus pies y, abrazándolos, besárselos […]; yo que siempre he sido tan limpia y “escrupulosa”, ¡con lo sudorosos y sucios que, a veces, los clientes llevaban los pies…!

Pero, ante el pensamiento de que Jesús había derramado por cada una de aquellas desgraciaditas mujeres toda su Sangre, me sentía derretir de ternura y amor hacia ellas.

Siendo esto para toda mi vida una lección profundísima que el Señor dio a mi alma, para que comprendiera y disculpara la fragilidad humana, y amara a las almas como las amaba Él; ¡porque, por todas y cada una, Jesús había derramado, no una poquita ni una gota, sino toda su Sangre santísima en Redención de amor misericordioso!

Viniéndome hoy al pensamiento, llena de amor y compasión, el pasaje del Evangelio en que Jesús, solo ante la mujer adúltera, le dijo: “Mujer… ¿nadie te ha condenado…? —Nadie, Señor… —Yo tampoco te condeno; vete y no peques más”». […]

 

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
 
Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opusc. 14 “Dios es El que se Es