El tiempo litúrgico de la Cuaresma es un tiempo privilegiado durante el cual el Espíritu Santo nos lleva al conocimiento de quiénes somos y qué vivimos.

Prácticamente es imposible que solos nos demos cuenta de lo que somos y dónde estamos. La pregunta que el Señor le dirigió a Adán es una pregunta actual que nos dirige a ti y a mí: “¿Dónde estás?”, o sea: ¿Dónde has ido a parar, escapándote de mis manos…? Él sí que sabe dónde estamos. Nosotros somos una serie ininterrumpida de porqués. Entre todos ellos uno es fundamental: ¿por qué tu vida me habla de muerte…?

 

«Dime: ¿Por qué…?»

12-8-1970

«Dime: ¿Por qué, Amor? Dime: ¿Por qué…?

¿Por qué entre Tú y yo, que vivimos en compañía, en amistad y en amor de esposos, existe un abismo tan infranqueable…?

¿Por qué, cuando te apercibo en la hondura de mi pecho, cuando siento el contacto de tu besar eterno, cuando barrunto tu paso hacia mí; en ese mismo instante, impelida por tu llamamiento divino, al lanzarme a Ti, tropiezo con ese abismo que nos separa…?

¿Por qué tu cercanía, el palpitar de tu pecho en mis entrañas, es tan dentro y tan distante…?
¿Por qué te acercas tanto, vives tan dentro, y estás tan lejos…? ¿Por qué tu contacto me dice lejanía…?
¿Por qué tu vida me habla de muerte…?
¿Por qué tengo que estar siempre ante el abismo que no puedo franquear…?
¿Por qué para tener tu vida en luz, tengo que morir…?
¿Por qué, si tengo ansias como infinitas de ser, de poseer, de marcharme, he de encontrarme, siempre que a Ti me lanzo, con una lejanía interminable, con un más allá seguro –que incluso puede ser por mi culpa inseguro–, pero en una espera, sin saber cómo ni cuándo?
¿Por qué…? ¿Por qué…?

¡Ya entiendo, Amor…! ¡Porque he pecado…!

A veces, el impulso terrible del encuentro con el Eterno se hace inesperable; la necesidad de lanzarme hacia Él, torturante; las ansias por poseerle, como infinitas… Pero entre Él y yo hay un abismo que nos separa: para alcanzar su vida, he de morir.

¡Si pudiera apresarte sin pasar por la muerte…! ¡Pero tengo que morir para tenerte!
¿Por qué…? ¡Porque he pecado, porque rompí tu plan…! ¡Qué terrible es decirle a Dios que “no”…! ¡Tan terrible como el abismo que existe entre Él y yo!
¿Por qué el recuerdo de tu vista, de tu posesión, ha de nublarse con el recuerdo triste de la muerte…?
¿Por qué…? Porque pequé; y, por eso, para vivir, he de morir.
¡Qué distancia tan insuperable aleja al alma de Dios, aunque le posea…!; ya que, si le apercibo, es que le tengo; y entonces, ¿por qué al correr a Él me encuentro frente al abismo que nos separa…?

Amor, el día que le pase, y me encuentre frente a Ti, sin abismo que me aleje de tu cercanía…; el día que te vea sin que se haga de noche…; el día que te tenga sin perderte, y sin poderte perder…; ¡el día que te encuentre para siempre…!

Melancolía en el atardecer de la vida, en el presunto del amanecer del Eterno… Dios está tan cerca como lejos; Dios es tan mío como distante…
¡Qué extraño es el misterio del Creador y su criatura; de la espera, y del encuentro…! ¡Qué extraño!

¿Por qué Dios ha desaparecido del corazón y de la mente de los hombres, si con ellos y en ellos está…? Porque han pecado, y, al perder el contacto con Él, no gustan la dulzura de su eterna compañía, quedándose tan sólo en la experiencia del abismo que existe entre el Creador y la criatura.

Dios vive sin tiempo; el hombre vuela sin saber dónde, por no haberse encontrado con El que Es…

El mundo, las criaturas, las cosas, ¿qué son…? ¡Qué extrañez siente mi alma entre Dios y el hombre! ¡Qué extrañez tiene mi ser en llenura del Eterno, y en urgencias por tenerle…!

¡Oh dulce melancolía…! ¡Si pudiera romper el silencio que tengo en mi hondura…! ¡Si pudiera expresar lo que encierro en mi pecho! ¡Si pudiera decir de algún modo la nostalgia en que vivo…! ¡Si pudiera…!

Mas no puedo. También entre mi alma y mi expresión hay un abismo infranqueable. Cada día mi silencio es más cerrado; mi martirio, más secreto; mi dolor es más punzante, más agudo y más adentro.

Y así vivo en apreturas que me anegan y taladran lo profundo de mi centro, en el punto misterioso y escondido donde guardo mi nostalgia en el silencio.

Dios taladra, hiere hondo en la médula del pecho, donde nadie puede entrar, y descorrer mi misterio…

Por eso, cuando más hablo, más se tortura mi ser al ver que no sé decir ni expresar lo que en mí tengo, al ver que se hace más hondo lo que encierro, sintiéndome más extraña, más lejana en mi destierro.

Mi vivencia es indecible; mis ansias, como los celos; mis urgencias, torturantes; ¡pero, por mucho que diga, no lo expreso! Y al quererlo describir o explicarlo con conceptos, siento un dolor en mi hondura que me mete más adentro, que me hace comprender que, aunque me quiera expresar, he de vivir en silencio…

Por eso, cuanto más digo, más tormento, más sola, con más torturas, con más nostalgias de Cielo, con más urgencia en mi noche de lanzarme hacia el Eterno, de poseer a mi Amado, aunque sea unos momentos, quitando la noche densa con que me envuelven mis velos.

Y ante la tortura amarga de no hallarle como anhelo y encontrarme ante el abismo que me separa de Dios, me desplomo sin palabras en una melancolía que me taladra mi pecho en espera del que amo, del que habita en mi silencio…

Dios me llevará hacia Él…; yo lo siento en nostalgias que me lanzan en la hondura de su seno.

Yo apercibo en tierna melancolía, muy adentro, las dulzuras del Dios vivo en la llaga misteriosa del secreto donde mora el Infinito en mi silencio…
Dios me llevará hacia Él, porque es bueno».

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia