La experiencia de los que aman y defienden a la Iglesia demuestra cuánto cuesta mantenerla bien erguida, aún estando repleta de divinidad y siendo la luz de los pueblos. Todos recordamos también las contundentes palabras del Santo padre Benedicto XVI en el Vía Crucis del 2005: “Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace agua por todas partes”.

Palabras que explican la sobrecogedora manifestación profética de este tema sobre la situación de la Santa Iglesia de Dios. Situación que es aplastante por la dureza de los tiempos y que, lejos de convertir a la Madre Trinidad en “profeta de desventuras”, la convierte en alborada luminosa de aquel día seguro del resurgir de la Iglesia, en el cual todos podrán ver en su rostro a Dios mismo.

 

“Iglesia mía, Iglesia amada,
Esposa del cordero immaculado y sin mancilla,
la hora del poder de las tinieblas ha caído sobre ti”

 

Quiero exponer una de las cosas que el Señor ha mostrado a mi alma sobre estas situaciones tristísimas, dramáticas y demoledoras que pasa la Iglesia por los continuos ataques de los enemigos de esta Santa Madre y las insospechadas e innumerables filtraciones en su seno.

El 18 de octubre de 1978, ahogada por el dolor y sobrecogida de espanto, escribía en mi diario espiritual:

«Tengo miedo de los enemigos de la Iglesia que están filtrados en ella…

En la Iglesia, he visto también… ¡como un gran “pulpo”!, lleno de horribles tentáculos, que se filtraban por todas partes; y que, cuando se iba a ver por dónde estaban escondidos, éste soltaba su tinta, envolviéndolo todo, no dejando lugar a descubrir sus artimañas ocultas y diabólicas.

Las tinieblas y la confusión nos invaden, nos penetran por todas partes; de forma que, donde menos se piensa y quien más desapercibido pasa, es un gran enemigo; tal vez ocupando un lugar importante y estratégico, para trabajar como lobo rapaz disfrazado con piel de manso cordero.

¡Qué pulpo tan horripilante vi…! […] »

Estaba como aplastado sobre la tierra, por el descomunal peso de su corpulencia; y aunque movía al mismo tiempo lenta, pero ferozmente, sus horribles tentáculos, no podía levantarse ni un palmo del polvo de la tierra; viniéndome a la mente las palabras de la Sagrada Escritura: «Te arrastrarás sobre tu pecho y comerás el polvo todos los días de tu vida » (Gén 3, 14).

¡Oh qué pulpo tan monstruoso contempló mi espíritu!; lleno de innumerables tentáculos, ¡fuertes!, ¡gruesos!, con pelos como púas; mientras que unos ojos diabólicos, redondos, saltones, grandes, repulsivos e inquietos que daban terror, moviéndose para un lado y para otro fiera y vertiginosamente, miraban, y me miraban deseando pulverizarme y hacerme desaparecer, si posible fuera; agazapado, enloquecido, envidioso, vengativo y destructor, para demoler cuanto estuviera a su alcance como una máquina apisonadora. […]

Era la expresión más patente del diablo, y estaba filtrado insidiosa y asolapadamente en el seno luminoso y anchuroso de la Madre Iglesia, llena de santidad y resplandeciente de divina belleza y hermosura, como espejo sin mancilla, por la posesión del mismo Dios que la penetra, la satura, la ennoblece y la engalana; intentando, enloquecido y furiosamente, pulverizar y devorar, anegando con el lodo de su pestilente lodazal. […]

El día 10 de abril de 1997 manifestaba:
«Hoy, aterrada y asustada, necesito decir que el intento más grande del diablo en estos tiempos, es desacralizarlo todo, quitar todo lo divino, confundir los dogmas, haciendo desaparecer de la mente y del corazón del hombre y de los cristianos el pensamiento de Dios en su ser y en su obrar; poniendo al hombre con sus problemas y pensamientos –que “cuán vanos son” (Sal 93, 11)– como fin y centro de la vida, e incluso del cristianismo.

Por lo que llena de amor a Dios, a la Iglesia y a las almas, gimo y clamo, dolorida y desgarradamente ante la rebelión de Luzbel y la del hombre, hecha una con los Ángeles del Cielo: ¡¿Quién como Dios?! […] »

Repulsivos y espeluznantes tentáculos oprimen y ocultan en sí, bajo la tiniebla tenebrosa de la tinta negra y espesa que los envuelve, las insidias diabólicas, llenas de maquinaciones que recaen sobre la Madre Iglesia. […]

Para que la Madre Iglesia, santa y santificante, divina y divinizante, repleta de maternidad y cubriendo sus ricas joyas con un manto de luto por los hijos que, por no conocerla bien, se fueron de su seno de Madre; aparezca denigrada y como manchada por los pecados de muchos de sus mismos hijos […] presentando a la Iglesia –llena de juventud y sublime hermosura– morena y desencajada, haciendo recaer sobre ella una culpa que en sí no tiene ni puede tener, por ser tan divina por su real Cabeza, como humana por la pesada y dura carga de los pecados de sus hijos, que la hacen aparecer, ante la mirada de los que no la conocen bien y por eso no la aman, llena de deformaciones, envejecida, como afeada, y hasta manchada: « gusano y no hombre, el desecho de la plebe y la mofa de cuantos le rodean » (Sal 21, 7.) como Cristo con su cruz a cuestas por el camino del Gólgota. […]

El día 18 de febrero de 1975 expresaba:
« Es necesario que los Sucesores de los Apóstoles, reunidos en torno de Nuestra Señora toda Blanca de Pentecostés, pidan al Espíritu Santo descienda sobre la Iglesia, para que, iluminando sus mentes e inflamando sus corazones, se reavive, resplandeciendo nuevamente, la verdad con toda su verdad que en el seno de esta Santa Madre se encierra para todos los hombres.
Y entonces, ¡y sólo entonces!, mediante el derramamiento y la fuerza del Espíritu Santo, desaparecerá la confusión, se disiparán las nubes que envuelven a la Iglesia, y resplandecerá su rostro bellísimo. La fuerza del Espíritu Santo robustecerá a las Columnas de la Iglesia para que, levantándola de su postración, la presenten ante los hombres, como en un nuevo Pentecostés, tras su aparente fracaso, como Esposa inmaculada del Cordero sin mancilla, repleta de gracia y de virtud con la posesión del
mismo Dios en donación de amorosa sabiduría a los hombres ».

Por lo que esta mañana, 19 de mayo de 2002, fiesta de Pentecostés, durante la celebración del Sacrificio Eucarístico del Altar, recordando lo anteriormente mencionado […] repetía y repetía… llena de amor y de gozo, bajo el impulso del Espíritu Santo, la antífona del salmo responsorial: « Envía, Señor, tu Espíritu, y renueva la faz de la tierra »; « para que nos lleve al conocimiento pleno de toda la verdad revelada » […]

Mientras que yo, sólo como el Eco pobre, pequeñito y diminuto de la Santa Madre Iglesia, en repetición de sus inéditos y dramáticos cantares, y llena de lamentaciones;
hecha una con el Santo Padre y mis Obispos queridos, a los que tanto amo, con el pueblo sacerdotal y consagrado y todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo; gimiendo dolorosa y desgarradamente, con temor y temblor por aquellos que, como Judas, por treinta monedas entregan al Hijo del Hombre y a su Esposa la Iglesia, y pudieran llegar a recaer sobre ellos las palabras de Jesús: « más les valiera no
haber nacido » (Cfr. Mt 26, 24);
en adhesión incondicional a los Sucesores de los Apóstoles y colaborando con ellos en la misión esencial que Cristo les encomendó al fundar su Iglesia; experimentándome la « voz del que clama en el desierto » (Jn 1, 23); vehemente y ardientemente quiero y necesito ayudarles a preparar los caminos para el día de la vuelta del Señor. […]

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: “IGLESIA MÍA, IGLESIA AMADA, ESPOSA DEL CORDERO INMACULADO Y SIN MANCILLA, LA HORA DEL PODER DE LAS TINIEBLAS HA CAÍDO SOBRE TI” 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 16)

 Nota.- Para descargar el tema completo  pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “El clamor encendido de mi canto amoroso a mi Iglesia mía”, que fue grabado el 15 de noviembre de 1994 (pulse la tecla PLAY):



Iglesia mía, ¿quién podrá consolar tu dolor…? Eres Raquel que está llorando por sus hijos muertos, los hijos que se fueron de la Casa paterna… Y en tu Getsemaní, lloras también la tibieza, frialdad y desamor de muchas de tus almas consagradas. (14-11-59)
Soy el “Eco” de la Iglesia, porque su vivir, su misión y su tragedia son el vivir palpitante de mi alma-Iglesia en expresión de eco. (4-5-75)
¡Qué triste es ver a la Iglesia en su escalofriante Getsemaní, siendo como demolida por sus propios hijos…! ¡Qué triste es verla así…! ¡Cuánto sufro…! Pero en ello encuentro el consuelo de una torturante inmolación por la misma Iglesia. (25-4-75)