Los Ángeles, los hombres, san Miguel, todos unidos en un sólo grito: un cántico de amor en júbilo glorioso al Dios tres veces Santo en la magnitud excelsa de su excelso ser… Así es en la plenitud del Cielo.

La exclamativa pregunta: “¿Quién como Dios!” es, para quien la vive, fuente inagotable de vida divina, de gozo sublime, de conocimiento de la más excelsa verdad que purifica al ama lanzándola a la posesión de Dios.

 

 

¡Oh…! “¿Quién como Dios…!” ¿Quién como el Ser que se es, por sí mismo y en sí mismo, su subsistencia infinita, en tal perfección que todo lo que Él es, siempre se lo está siendo, sin principio y sin fin, en una alegría eterna de júbilo infinito y en una comunicación trinitaria de amor mutuo…?

Imagen de San Miguel Arcángel puesta por la Madre Trinidad en uno de los hogares de La Obra de la Iglesia.

“¿Quién como Dios…!” es el júbilo glorioso de todos los bienaventurados que contemplan cara a cara la realidad terrible del que Se Es. […]

¡Qué feliz es Dios en sí mismo, por sí mismo y para sí mismo…! “¿Quién como Dios!”, que no necesita de nada ni de nadie para ser feliz, para ser dichoso, para ser amor, para ser… para ser… ¡para ser Uno y para ser Tres!

[…]

Si alguien busca la felicidad, que venga a la Boca de la fuente y apercibirá el Cántico de júbilo infinito que es Dios; y romperá en una alegría incomprensible ante el bien del Amado, gozándose en que Dios es feliz, y siendo él totalmente dichoso ante la irradiación felicísima del Ser que, aun en la tierra, le hará bienaventurado. […]

Olvídate de ti y gózate, no en que tú experimentes a Dios feliz, sino en que Dios es feliz; no en que tú lo sepas, sino en que Él lo es; no en que tú lo vayas a gozar, sino en que Él se lo goza. Pues muestras tienes de amor dadas por el Amor Infinito, ya que, sin necesitar de ti para nada y saliendo de sí –sin salir–, saltó a la tierra para mostrarte su amor y hacerte dichoso, llegando a dar la vida por ti en la cruz, donde entonó para ti su cántico de olvido total, enseñándote así a no mirarte y a mirarle a Él.

Alma sacerdotal, sal de ti, vente conmigo a las regiones eternas, y allí, sientas o no sientas, gózate en que Dios es feliz, entonando ese “¡sólo Dios!” que todos los bienaventurados cantan al Inmenso, ante la sorpresa eterna de la Felicidad infinita rompiendo en Tres. […]

Tú, cualquiera que seas, ¡no te mires!, que Luzbel, por mirarse, cayó. Remonta tu vuelo y grita con el arcángel San Miguel: “¿Quién como Dios…!” Y entonces podrás esperar aquel día eterno, en el cual la Felicidad infinita, envolviendo tu ser, te hará eternamente dichoso, porque en el destierro, sin saber, olvidado de ti, gozándote en que Dios es feliz, le glorificaste con este grito amoroso de alegría: “¿Quién como Dios!” […]

¡Oh terrible desatino el de Luzbel!, que después de mirarse y rebelarse, tiene que estar eternamente en un “¿quién como Dios!”, entre las oscuridades mortíferas del infierno…

“¿Quién como Dios!”, gritan los condenados, ante esa terrible realidad que se ha convertido para ellos en tristeza indecible, porque en la tierra, ante el grito de “¿Quién como Dios!”, respondieron, mirándose a sí mismos: ¿Quién como yo…?

“¿Quién como Dios!”, grita el Purgatorio, en una esperanza de amor que promete a los que en él están llegar un día a gozarse sólo en que Dios sea Dios. “¿Quién como Dios!”, dicen todas las almas que están purgando el desamor al Amor Infinito por haberse mirado a sí mismas.

Tú, alma querida, cualquiera que seas, aún estás a tiempo. ¿Cuál es el grito que de tu ser se escapa, ante la alegría eterna y el júbilo de Dios que yo te canto…? ¡No te mires!, porque del camino del Purgatorio al camino del Infierno hay un paso; y del Infierno al Cielo, un gran abismo que separa el grito glorioso de: “¿Quién como Dios!”, que en júbilo eterno se canta al Amor Infinito, del grito desesperante de: “¿Quién como Dios!” que todos los condenados entonan a la fuerza, en una tristeza total y en una desesperación absoluta de amargura y remordimiento eternos.

Alma querida, hija de mi alma Iglesia, grita: “¡sólo Dios!”, llena de alegría, para que tu grito se convierta en gozo que glorifique al Inmenso en su contento eterno. Gózate en que Dios es feliz. Olvídate de ti aquí para que te encuentres allí en la alegría de los bienaventurados.

Hijos, ¡no os miréis…! ¡Sólo Dios…! que, si alguna de mis ovejitas se extravía, habremos quitado mucha gloria al Infinito. […]

Dios mío… ¡Qué feliz soy de que Tú seas tan feliz!; y ¡qué pena tengo de que las almas, ante mi pregón de tu amor infinito y gozo eterno, se queden indiferentes!

Pero escucha, Amor: mientras mi destierro se prolongue, yo seré un cántico de amor y alegría a tu júbilo infinito, dándote mi don, aunque, ante mi cántico insistente, muchos se rían por creerlo desvarío. […]

¡Qué alegría tengo de que Tú seas tan feliz en ti, sin mí, por ti! Y éste es mi gozo. Pues yo no tengo más gozo que gozarme en saber lo feliz que eres y en gritar: “¿Quién como Dios!”, desde el destierro en que me encuentro, para cantarte a ti

¡Amor… Amor…! ¡Silencio…! ¡Adoración…!, ¡que, en su júbilo eterno de alegría cantora y de amor infinito, Dios se es feliz…!

¡Qué feliz es Dios…! ¿Quién como Él?

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Escrito:  “¿QUIÉN COMO DIOS!”. 
 
(Del libro “La Iglesia y su misterio”)

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