La soledad del silencio, en presencia de Dios, nos lleva a corregir instintivamente lo que nos aleja de Él y a apropiarnos de lo que nos une con Él. Pero hay que dedicar tiempo, silencio y búsqueda sincera de Dios.

En la primera parte del retiro te invitamos a hacer la lectura del tema “Dime: ¿Por qué?”. El que olvida la página del pecado original en el libro del Génesis se pierde en el caos de la vida, no comprende el porqué de tanto mal, y el miedo envuelve su existencia porque no conoce a su fundamental enemigo: el pecado.

El saboreo gozoso y solemne de la poesía que viene a continuación, “Los portones de los cielos”, deja una fuerte huella en el alma.

Aquel que sólo conoce el pecado y la actividad del maligno vive en la desesperación más completa. Pero Dios se acerca a la criatura caída lleno de compasión y ternura y trasforma su Poder infinito en infinita Misericordia: “El atributo de la Misericordia en Dios”.



12-8-1970

     «Dime: ¿Por qué, Amor? Dime: ¿Por qué…?

¿Por qué entre Tú y yo, que vivimos en compañía, en amistad y en amor de esposos, existe un abismo tan infranqueable…?

¿Por qué, cuando te apercibo en la hondura de mi pecho, cuando siento el contacto de tu besar eterno, cuando barrunto tu paso hacia mí; en ese mismo instante, impelida por tu llamamiento divino, al lanzarme a Ti, tropiezo con ese abismo que nos separa…?

¿Por qué tu cercanía, el palpitar de tu pecho en mis entrañas, es tan dentro y tan distante…?
¿Por qué te acercas tanto, vives tan dentro, y estás tan lejos…? ¿Por qué tu contacto me dice lejanía…?
¿Por qué tu vida me habla de muerte…?
¿Por qué tengo que estar siempre ante el abismo que no puedo franquear…?
¿Por qué para tener tu vida en luz, tengo que morir…?
¿Por qué, si tengo ansias como infinitas de ser, de poseer, de marcharme, he de encontrarme, siempre que a Ti me lanzo, con una lejanía interminable, con un más allá seguro –que incluso puede ser por mi culpa inseguro–, pero en una espera, sin saber cómo ni cuándo?
¿Por qué…? ¿Por qué…?

¡Ya entiendo, Amor…! ¡Porque he pecado…!

A veces, el impulso terrible del encuentro con el Eterno se hace inesperable; la necesidad de lanzarme hacia Él, torturante; las ansias por poseerle, como infinitas… Pero entre Él y yo hay un abismo que nos separa: para alcanzar su vida, he de morir.

¡Si pudiera apresarte sin pasar por la muerte…! ¡Pero tengo que morir para tenerte!
¿Por qué…? ¡Porque he pecado, porque rompí tu plan…! ¡Qué terrible es decirle a Dios que “no”…! ¡Tan terrible como el abismo que existe entre Él y yo!
¿Por qué el recuerdo de tu vista, de tu posesión, ha de nublarse con el recuerdo triste de la muerte…?
¿Por qué…? Porque pequé; y, por eso, para vivir, he de morir.
¡Qué distancia tan insuperable aleja al alma de Dios, aunque le posea…!; ya que, si le apercibo, es que le tengo; y entonces, ¿por qué al correr a Él me encuentro frente al abismo que nos separa…?

Amor, el día que le pase, y me encuentre frente a Ti, sin abismo que me aleje de tu cercanía…; el día que te vea sin que se haga de noche…; el día que te tenga sin perderte, y sin poderte perder…; ¡el día que te encuentre para siempre…!

Melancolía en el atardecer de la vida, en el presunto del amanecer del Eterno… Dios está tan cerca como lejos; Dios es tan mío como distante…
¡Qué extraño es el misterio del Creador y su criatura; de la espera, y del encuentro…! ¡Qué extraño!

¿Por qué Dios ha desaparecido del corazón y de la mente de los hombres, si con ellos y en ellos está…? Porque han pecado, y, al perder el contacto con Él, no gustan la dulzura de su eterna compañía, quedándose tan sólo en la experiencia del abismo que existe entre el Creador y la criatura.

Dios vive sin tiempo; el hombre vuela sin saber dónde, por no haberse encontrado con El que Es…

El mundo, las criaturas, las cosas, ¿qué son…? ¡Qué extrañez siente mi alma entre Dios y el hombre! ¡Qué extrañez tiene mi ser en llenura del Eterno, y en urgencias por tenerle…!

¡Oh dulce melancolía…! ¡Si pudiera romper el silencio que tengo en mi hondura…! ¡Si pudiera expresar lo que encierro en mi pecho! ¡Si pudiera decir de algún modo la nostalgia en que vivo…! ¡Si pudiera…!

Mas no puedo. También entre mi alma y mi expresión hay un abismo infranqueable. Cada día mi silencio es más cerrado; mi martirio, más secreto; mi dolor es más punzante, más agudo y más adentro.

Y así vivo en apreturas que me anegan y taladran lo profundo de mi centro, en el punto misterioso y escondido donde guardo mi nostalgia en el silencio.

Dios taladra, hiere hondo en la médula del pecho, donde nadie puede entrar, y descorrer mi misterio…

Por eso, cuando más hablo, más se tortura mi ser al ver que no sé decir ni expresar lo que en mí tengo, al ver que se hace más hondo lo que encierro, sintiéndome más extraña, más lejana en mi destierro.

Mi vivencia es indecible; mis ansias, como los celos; mis urgencias, torturantes; ¡pero, por mucho que diga, no lo expreso! Y al quererlo describir o explicarlo con conceptos, siento un dolor en mi hondura que me mete más adentro, que me hace comprender que, aunque me quiera expresar, he de vivir en silencio…

Por eso, cuanto más digo, más tormento, más sola, con más torturas, con más nostalgias de Cielo, con más urgencia en mi noche de lanzarme hacia el Eterno, de poseer a mi Amado, aunque sea unos momentos, quitando la noche densa con que me envuelven mis velos.

Y ante la tortura amarga de no hallarle como anhelo y encontrarme ante el abismo que me separa de Dios, me desplomo sin palabras en una melancolía que me taladra mi pecho en espera del que amo, del que habita en mi silencio…

Dios me llevará hacia Él…; yo lo siento en nostalgias que me lanzan en la hondura de su seno.

Yo apercibo en tierna melancolía, muy adentro, las dulzuras del Dios vivo en la llaga misteriosa del secreto donde mora el Infinito en mi silencio…
Dios me llevará hacia Él, porque es bueno».

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

 

Cuando pienso en el momento delirante
en que se abran los portones de tu seno
y yo entre, tras la noche de la vida,
en la hondura misteriosa de tu encuentro,
¡es tan honda la alegría
que en mí siento!,
que el momento espeluznante de la muerte
se convierte, en mis adentros,
en un gozo desbordante,
porque sabe que es el paso trascendente
que me lanza, como un rayo llameante,
al secreto de tu Pecho incandescente.

¡Oh portones de los Cielos,
que me rasgáis, tras la entrada,
las cortinas suntuosas de aquel Templo,
tras las cuales está el Santo de los Santos
celebrando su misterio
en el gozo venturoso
de los buenos…!

¡Oh portones luminosos, tras los cuales se aperciben
las eternas melodías en inéditos conciertos,
y se escucha el recrugido, en volcanes encendidos
por las llamas llameantes de sus fuegos…!
¡Oh sonido palpitante con que exhala
dulcemente,
en su hálito silente, el Eterno,
la Palabra explicativa
que Él expresa en su misterio…!

¡Qué momento trascendente,
cuando el alma reverente
se introduzca en lo profundo de aquel seno…!
¡Y contemple, con su vuelo, al Amor que los envuelve
con la aurora arrulladora del abrazo de su Beso…!
¡Qué misterio tan sublime!
¡Qué momento!:
cuando se abran los portones
suntuosos de aquel Templo,
y se corran las cortinas,
y se descubra el Misterio,
y los Soles luminosos resplandezcan refulgentes
de aquel Pecho palpitante del Excelso.

¡Qué momento el de la muerte!,
que desgarra con su noche lastimera
las angustias del destierro,
y despide tras el grito
de su hielo
las cadenas
de este cuerpo,
para dar paso a las almas
que se lanzan,
como en misterioso vuelo,
a las puertas suntuosas
y magníficas del Cielo…

¡Qué momento el de la muerte!,
cuando el cuerpo quede yerto,
cuando el alma se remonte velozmente,
como un águila triunfante,
tras la brisa de su vuelo,
a cruzar los hondos senos del abismo
que separan a la vida de la muerte,
a la tierra de los Cielos,
a los hombres de los ángeles,
a la Gloria y al destierro,
en un vuelo deslumbrante
hacia el seno venturoso del Dios bueno.

Y cual águila imperial, liberada del cadáver,
vuele el alma victoriosa hacia los cielos
a saciar las resecuras de las ansias de sus hambres
en los claros manantiales de las aguas del Eterno,
donde brota a borbotones un torrente cristalino,
para saciar los sedientos
que traspasan los umbrales del destino…

¡Oh portones de los Cielos!
con sus cortinas triunfales
que ocultan, tras su misterio,
el “Sanctorum” que es velado
por las ráfagas candentes de sus fuegos,
y al Inmenso que se oculta
con su gloria tras el velo…

¡Oh portones suntuosos!,
cuando corráis las cortinas y yo entre tras mi vuelo…

¡Oh portones de la Gloria!,
abrid paso, que ya llego.

 29-1-1973
 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 

 

“La misericordia es el atributo divino más consolador
y lleno de esperanza”

 

El día 13 de mayo de 2001, día de la Virgen de Fátima, cobijada en el regazo de su Maternidad divina, bajo la luz penetrante de la Infinita Sabiduría; en una ráfaga luminosa, aguda y centelleante, durante el Santo Sacrificio de la Misa, sumergida en la profundidad del misterio consustancial y trascendente de Dios; poco a poco y paulatinamente, mi espíritu se iba sintiendo ahondado en esa misma Sabiduría, en una trascendente y profundísima intuición sobre los infinitos atributos y perfecciones que Dios se es en sí, por sí y para sí, en su acto inmutable de vida trinitaria, en subsistencia eterna, sida y poseída en gozo esencial de disfrute gloriosísimo y dichosísimo de Eternidad.

[…] Comprendiendo, bajo las lumbreras candentes de los soles del pensamiento divino y el arrullo de la brisa penetrativamente sabrosísima y sapiental del Espíritu Santo, que todos los atributos que Dios se es en gozo esencial de disfrute dichosísimo y gloriosísimo por su subsistencia infinita, razón de ser de su misma Divinidad, Él se los es en sí, por sí, y para sí mismo.

Siendo la misericordia como un nuevo atributo, distinto y distante, que Dios había sacado de la excelsitud excelsa del poderío de su potencia infinita en derramamiento compasivo de amor y ternura sobre la miseria de la humanidad caída y como destruida; aunque no sea atributo intrínsecamente en gozo esencial para Dios, por ser relación de su Bondad con la criatura, como consecuencia de la destrucción por el hombre de los planes eternos sobre él mismo y la creación inanimada, y ante la situación de miseria en que se encontraba al rebelarse contra su Creador. […]

Y, conforme iba ahondándome…, ahondándome… en el misterio de la razón de ser y de la pletórica perfección de la Divinidad, comprendía, de una manera agudísima, que todos sus infinitos atributos en sus infinitas gamas que rompen como en infinitos tecleares de melódicas armonías de infinitos atributos por infinitudes infinitas de atributos y perfecciones, Dios se los estaba siendo, teniéndoselos siempre sidos, en su acto inmutable de vida trinitaria, en sí, por sí y para sí, en gozo esencial y consustancial de intercomunicación divina;

y que la misericordia, que es sida por Dios en sí y por sí, pero que no puede serla para sí en gozo de disfrute esencial de Eternidad por la perfección intrínseca de su naturaleza divina; ya que es y dice relación a la miseria de la criatura, que en Dios no cabe; era el derramamiento del poderío excelente de la excelencia de Dios, que, inclinándose en compasión redentora, mira a la humanidad caída, destruida y empecatada por su rebelión contra el Creador, para la restauración de esa misma humanidad, reconciliándola con Él y reencajándola en sus planes eternos. […]

Comprendiendo de una manera profunda y disfrutativa, penetrada por el conocimiento de la subsistente excelencia de Dios que inundaba mi espíritu, que, así como los atributos en Dios son sidos por Él en sí, por sí y para sí, en subsistencia infinita de Divinidad y en gloria esencial de sí mismo;

el atributo del amor de Dios, lleno de bondad, derramándose en compasión de misericordia sobre la debilidad de nuestra miseria, aunque es sido en Dios y por Dios, no es con relación al mismo Dios en gozo esencial, sino en inclinación compasiva de su amor desbordante de ternura hacia la debilidad, cargada de miseria, de la humanidad caída, como consecuencia del pecado de nuestros Primeros Padres;
y por lo tanto, es distinto de los demás, en cuanto a la glorificación infinita que le produce la infinitud de sus infinitos atributos, sidos intrínsecamente en sí, por sí y para sí.

Ya que, si el hombre no hubiera pecado, Dios no hubiera sacado de su potencia divina la posibilidad de hacerse hombre para podernos redimir; llegando, en la manifestación del esplendor de su gloria, como en un delirio de amor misericordioso hacia nuestra debilidad, a morir en crucifixión cruenta, derramándose en amor y misericordia, lleno de compasión y ternura, sobre la humanidad.

Por lo que, aunque la misericordia no sea un atributo intrínsecamente esencial en Dios, en glorificación consustancial e infinita de sí mismo; es el que hace posible el misterio trascendente, desbordante, majestuoso y esplendoroso de la Encarnación.

De forma que, para el pensamiento del hombre que no conoce bien la profundidad profunda del arcano divino e insondable del Infinito Ser, la misericordia es el atributo más grande de los atributos divinos; y el más consolador, más tierno y lleno de esperanza, porque, ¿qué hubiera sido de nosotros si Cristo, la Misericordia Encarnada, no nos hubiera redimido? […]

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito:  “DIOS ES EL QUE SE ES, TENIENDO EN SÍ, POR SÍ Y PARA SÍ SU MISMA RAZÓN DE SER, EN UN ACTO INMUTABLE Y SIMPLICÍSIMO, EN GOZO ESENCIAL DE DIVINIDAD”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 14)

 Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Sublimación de la cruz”, que fue grabado el 14 de enero de 1989 (pulse la tecla PLAY):

Dios, que se es de por sí, crea criaturas tan perfectas, que son capaces de poseerle por haberles dado un ser a imagen suya. Y la criatura, al verse tan perfecta y que es, dice cuando peca: «No quiero someter mi yo a nada». Con ello pierde la razón de su yo dependiente del Yo divino y, quedándose sin razón de ser eternamente, no pudiendo ya vivir del Infinito, único capaz de hacerla feliz, se le convierte todo en tortura eterna. (15-9-66)
Por perfección de su naturaleza, Dios es y obra en perfección infinita, de forma que, si hiciera algo imperfecto, dejaría de ser Dios. ¡Con qué ligereza la mente torcida del hombre dice ante las obras o planes divinos que, por su limitado ser, no entiende: hubiera sido mejor de otra manera! Y, aun llega a decir: Dios hizo las cosas mal.
(8-6-70)
Es tan excelente la Santidad infinita de Dios, que, al ser ultrajada, no había posibilidad en la criatura para repararla dignamente; y Dios mismo, al encarnarse, se hace Respuesta infinita de reparación, que resarce y adora su santidad. (16-10-74)