Lo que se puede decir y cantar de la Virgen María es interminable, y bien se merece un retiro el tratar de vivir más plenamente ese misterio culminante de su vida que es su Asunción al Cielo en cuerpo y alma.

Con sabiduría magistral, éste escrito de la Madre Trinidad nos muestra cómo la Virgen, sin mancha y llena del Espíritu Santo, fue plenamente consciente a lo largo de toda su vida de lo que Dios de Ella quería y en ella obraba. Su lectura enciende al alma que lo saborea en el amor más auténtico a nuestra Señora.

¡Cuánto aumentan el conocimiento y la vida de Dios, de Cristo y de la Santa Iglesia en el pueblo cristiano cuando se proclama la grandeza de la Virgen María, reconociendo las maravillas que el Altísimo obró en ella!

“La Virgen pasó por la vida con la agilidad de un rayo”

“Assumpta est Maria” que sube a los Cielos, triunfante y gloriosa, con paso seguro y majestuoso. Es blanca su alma, sin nada que la impida volar hacia las Mansiones del Reino de Dios. […]

La Virgen pasó por la vida con la agilidad de un rayo, sin posarse por el fango de la tierra, sin empolvar siquiera su alma inmaculada, sin sentir en sí las concupiscencias que han sido consecuencia de la rotura del plan de Dios.

Por lo que, al llegar a las fronteras de la Eternidad, su cuerpo, unido a su alma en unión perfecta de abrazo indescriptible, y sin más inclinación que la de ésta totalmente tomada, poseída y saturada por Dios, fue llevado por ella a la Eternidad aquel día glorioso para la Señora del término de su peregrinación. Su alma atrajo, levantándolo consigo, al cuerpo, y le hizo atravesar el Abismo insondable que el pecado había abierto entre Dios y el hombre, sin sentir ni el más ligero impedimento.

Era tan suave la Asunción de la Virgen, tan segura, tan como divina, que las consecuencias del pecado que nos proporcionó la muerte no fueron experimentadas por Ella en ese momento glorioso.

No tenía nada que dejar la Señora toda Blanca de la Encarnación; no había ninguna cosa que la inclinara a la tierra; no había, ni en su cuerpo ni en su alma, más apetencia que una continua y amorosa ascensión hacia la Luz.

[…] El plan primitivo de Dios de llevarse hacia sí al hombre en cuerpo y alma al término de su peregrinar, se realiza en María tan perfectamente, que es llevada a la Eternidad en cuerpo y alma para recibir el premio que su Maternidad Divina merecía ante la voluntad de Dios cumplida sobre Ella en todos y cada uno de los momentos de su vida.

El alma de María, siempre con sus alas extendidas, es la expresión perfecta del cumplimiento de la voluntad de Dios sobre los hombres; por lo cual, al terminar el destierro, se lleva consigo a su cuerpo, sin tener que experimentar la carga que éste supone para la totalidad del género humano.

El cuerpo de María estaba, podíamos decir, tan divinizado en todas sus tendencias, sus apetencias, sus sensaciones, sus inclinaciones, ¡tanto!, que era todo alas, ¡y alas grandes de águila imperial!, preparadas con la fortaleza de Dios para pasar airosamente de la tierra al Cielo. […]

¡Asciende María…! Asciende entre las claridades del Sol eterno, bajo el amparo y el cariño del Espíritu Santo, protegida por el abrazo del Padre, e impulsada y atraída hacia el Cielo por la voz del Verbo…

¡¿Cómo podrá el pensamiento del hombre, torcido y entenebrecido por sus propios pecados, comprender el misterio de María en todos y en cada uno de los pasos de su vida…?! ¡¿Cómo podrá la mente, ofuscada por la soberbia, descubrir, penetrar e intuir en el lago tranquilo, poseído por la Divinidad, del alma de Nuestra Señora toda Blanca de la Encarnación…?!

A María, como a todos los misterios de Dios, hay que estudiarla a la luz del Espíritu Santo, bajo sus dones e impregnados en sus frutos. ¡¿Y cómo el hombre que nunca supo de Espíritu Santo podrá poseer su luz, sabrá pensar con sus dones y gozará de sus frutos?! […]

María subió al Cielo en cuerpo y alma porque en Ella se daban los dones necesarios para llenar plenamente todos y cada uno de los planes de Dios en su primitiva voluntad antes del pecado original; y era también una asimilación perfecta del plan de la redención, que, como consecuencia del pecado, el Amor Infinito realizó para el hombre.

[…] ¡Qué ascensión la de la Virgen Blanca! Es assumpta María porque es fuente repleta de divinidad, manantial saturado de vida infinita y cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios desde el principio de los tiempos hasta el final.

María contiene en sí la doble gracia de ser concebida sin pecado original, por los méritos anticipados de la redención de Cristo, y de recibir esa misma redención como regalo de maternidad en tal asimilación, que es capaz de dar a Dios en ella, por ella y a través de ella, la posibilidad de saturar a todos los hombres de divinidad.

¿Qué haría, por lo tanto, el cuerpo de la Virgen entre los hombres sufriendo las consecuencias del pecado? ¡Del pecado que Cristo había redimido, por lo cual, y mediante la misma redención, había hecho resurgir un hombre glorioso!

María subió al Cielo en cuerpo y alma porque fue creada sin pecado original y porque la redención de Cristo la hizo la Mujer Nueva, mediante la cual, por la Encarnación del Verbo, todos somos levantados hacia la Eternidad, así como por Eva todos fuimos arrastrados al pecado;

por Eva se abrió el abismo entre Dios y los hombres; y es por la nueva Eva, prometida ya en el Paraíso terrenal, por la que a todos los que nos queremos adherir al Hombre Nuevo y a la Nueva Mujer nos serán dadas alas inmensas de águila para, tras Ella, por nuestra injerción en Cristo, pasar las fronteras de la Eternidad. [..]

Penetrada de la luz del Excelso, yo he contemplado a María ascendiendo en el impulso del Amor Infinito, en el abrazo de ese mismo Amor, en la suavidad de su caricia, en el ímpetu de su arrullo, mecida y envuelta por el ocultamiento velado del Sanctasanctorum de la infinita Trinidad…

Subía María a los Cielos… ¡subía…! ¡Y qué Asunción…! Sólo la adoración, el silencio, el respeto y el amor, fueron el modo sencillo, desbordante y aplastante, con que mi alma, sobrepasada, supo responder, en mi pobreza, a aquel espectáculo esplendoroso de la Asunción a los Cielos de Nuestra Señora toda Blanca de la Encarnación.

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: “MARÍA CRUZÓ EL ABISMO” 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 5)

 Nota.- Para descargar el tema completo  pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “El Sancta Sanctórum”, que fue grabado el 17 de enero de 1989 (pulse la tecla PLAY):


En Belén, en el Calvario y en su gloriosa Asunción al Cielo, se manifiesta la grandeza de Nuestra Señora, que le viene por el misterio de la Encarnación en la plenitud del Sacerdocio de Cristo. (25-10-74)
La brillantez de la grandeza de María hace resplandecer el verdadero rostro de la Iglesia; por lo tanto, a Ella ha de ir aquel que quiera llenarse de la sabiduría divina, en el ánfora preciosa donde la misma Sabiduría se encarnó, para manifestarse, en resplandores de santidad, por la rompiente infinita de su explicativa Palabra. (25-10-74)
¡Cuánto amor hemos de tener a la Virgen…! Por Ella tienen que romper en el seno de la Iglesia los soles del Espíritu Santo, para disipar las densas nieblas que envuelven a la Nueva Jerusalén. La Virgen es la que nos dio y nos da a Jesús, y, por Él y con Él, al Padre y al Espíritu Santo; el cual es luz de infinitos resplandores que, por la Señora, quiere irrumpir en el seno de la Iglesia con los fulgores de su infinita sabiduría amorosa. (16-6-75)
María es la Reina de los Apóstoles, porque el más apóstol es el que más tiene la Palabra infinita, y nadie tiene la Palabra que sale del seno del Padre, abrasada en el amor del Espíritu Santo, como María; por eso, la Madre de la Iglesia es la Reina de los Apóstoles. (21-3-59)
¡Qué amor tan inmenso tengo a la Virgen…! Ante su recuerdo, siento ansias terribles de llorar, en agradecimiento, ternura y amor. ¡Cómo me gusta llamarla: ¡Madre!, una y mil veces! (8-8-70)
La medida de la maternidad está en la donación de la vida. Y María, que me da al mismo Infinito, ¿¡qué clase de Madre es…!? (24-12-63)
¡Señora, estás envuelta con la blancura infinita de la Virginidad eterna y engolfada en sus impetuosas llamas que te inclinan sobre los pequeños con gesto de Madre acariciadora! (27-3-62)
¡Qué a gusto se descansa en la Virgen…! Ella es Madre de los desamparados, de los que sufren; pues, siendo la Madre del Amor Hermoso, es donadora de amor con ternura maternal. (16-6-75)
Señora, irrumpe ya con los soles que te envuelven, desde la Iglesia al mundo, y sé nuestra salvación, ¡que perecemos…! ¡No nos desampares…! «Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos» y ¡muéstranos a Jesús! (16-6-75)