¿Te has parado a pensar, en alguna ocasión, que tú, que estas líneas lees, podrías no haber existido? Pero tus padres colaboraron con Dios para llamarte a la vida, y ahora existes ¡y ya no tendrás fin! Y, por ello, Dios ha preparado para ti “lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni mente humana ha concebido”.

¡Qué impresionante es la grandeza a la que Dios ha querido elevar la unión del hombre y de la mujer, sublimándola mediante el Sacramento de Matrimonio!

En sintonía con la Iglesia Universal, que reúne en Roma estos días a señores obispos de todo el mundo para orar y reflexionar sobre la familia, pidamos intensamente a Dios por ella y descubramos y admiremos su belleza en los planes eternos del Creador.

 

 

«Yo tengo fe»

 

Yo tengo fe.

«¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre»;

he sentido tanta veneración, tanto respeto a la unión de los esposos, que, por el Sacramento del Matrimonio, queda santificada y elevada a un plano sobrenatural, que me hace exclamar con San Pablo: «Gran misterio es éste, que yo refiero a Cristo y a la Iglesia».

Yo tengo fe… Y porque tengo fe mi alma salta de gozo ante las palabras de Dios a nuestros Primeros Padres en el Paraíso terrenal: «Creced, multiplicaos y llenad la tierra». […]

Fin principal para el cual Dios puso en el amor conyugal de los esposos la exigencia de unirse tan íntimamente que sean una sola carne; para que, colaborando con el mismo Dios en los planes de la creación, y, como fruto de esa unión, procreando, llenaran la tierra de hombres, almas para Dios, hijos para su seno, que está abierto, esperando su llenura.

Siendo tan sublime este misterio, que Dios mismo capacita al hombre para que, por el don gratuitamente recibido de lo Alto, colabore con Él a crear criaturas que, a imagen y semejanza del mismo Dios, puedan llegar a poseerle.

Por lo que hoy, ante la conciencia que Dios pone en mi espíritu en relación a sus planes eternos sobre la humanidad –los cuales yo tengo que manifestar, por voluntad divina, como el Eco pequeño y diminuto, pero vivo y palpitante, de la Madre Iglesia–, y ahora con relación a cuanto vengo diciendo sobre la unión conyugal por el Sacramento del Matrimonio;

pido a cuantos quieran escuchar lo que, de parte del que Es, tengo que comunicar, pero de modo especial a los miembros del Cuerpo Místico de Cristo:

que se vayan haciendo conscientes y consecuentes de lo que el Infinito Ser soñó con relación a ellos cuando les creó para que, unidos, dando gloria al mismo Dios, llenen sus designios y planes eternos mediante el cumplimiento de su divina voluntad, que espera con su seno abierto su llenura con los hijos creados –mediante la colaboración de los esposos–, sólo y exclusivamente para poseerle, dándoles a vivir de su misma vida, bebiendo en los refrigerantes torrentes de sus manantiales divinos, saciándoles en el convite gloriosísimo y coeterno de su misma Divinidad».

«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él.

Queridos: ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es». […]

«Y mientras contemplo los misterios de Dios y sus planes y designios eternos, que me pide almas para repletar su seno abierto, con los hijos que el hombre ha de darle en el matrimonio, y hacerles participar de la misma vida que Él vive; veo la desoladora destrucción que causan los planes terroríficos y diabólicos, que se van apoderando del corazón y del pensamiento de los hombres. […]

«Por lo que, a veces, cuando veo a los esposos cristianos pensando, contando y poniendo número a los frutos del amor que les une en matrimonio haciéndolos una sola carne, me siento desalentada; porque, tal vez, no haya podido expresar aún, antes de morirme, la trascendencia trascendente de los planes de Dios, realizados en correspondencia total e incondicional a lo que Él quiso y soñó de todos los hombres y de cada uno de nosotros.

Por eso, y por mucho más que no acabaría, si siguiera adelante evocando y manifestando los designios del Coeterno Ser sobre los esposos, y la grandeza de su matrimonio, exclamo:

Dadle hijos como Dios os pide y me pide, para que vivan, mediante la gracia, por participación, de su misma vida, y se pueda plasmar en ellos la voluntad de beneplácito de Dios según su pensamiento divino lo soñó desde toda la Eternidad.

Para que cuando llegue el día de la Eternidad, que es mañana, ¡mañana, no más!, hijos queridísimos y entrañablemente amados, hayáis dado a Dios no los hijos que, según vuestros cálculos, son necesarios y suficientes, sino los que Él pensó y necesitó recibir de cada una de sus criaturas racionales, y de los miembros de la Iglesia, cuando nos creó y predestinó para cumplir sus planes eternos, llenos de designios infinitos, para todos y cada uno de los hombres». […]

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
“YO TENGO FE” 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 17)

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