Buscar a Dios es vivir. Por eso, si para encontrarle tuviéramos que subir o ir detrás de un grandioso monte, la alegría por encontrarle pondría alas en nuestros pies para ir a su encuentro.

Sin embargo, el movimiento y el correr de un lado para otro no es el método para perseguir a Dios y abrazarle. Es más inmediato y cercano de cuanto se pueda pensar y es un viaje tan largo y profundo como nunca pudiéramos imaginar.

Presentamos este precioso escrito de la Madre Trinidad:

 

Si Dios estuviera en aquel monte… Si se escondiera tras aquella colina… Si el aire me trajera el sonido de su voz… Si apareciera por aquella cima…

¡Yo correría, correría hasta apresarle…!

Y, cuando le tuviera, ¿qué haría…? Si Dios estuviera en alguna parte, ¡yo le encontraría!

Busco a Dios y no le hallo en ningún sitio. Corro deseosa de Él, y todas las cosas son un terrible golpe en mi alma.

Un gran horizonte… ¡oh!, me sabe a muerte.

Si estuviera Dios en aquel monte…, allí, en aquella lejanía…, ¡yo correría a buscarle! Correría con la rapidez de un rayo; correría… correría… hasta desfallecer. Correría… correría… ¡pero allí no está como yo le busco!

¡Si estuviera en aquel otro monte…, tras aquel silencio…!

¡Oh, cuánto silencio…! Pero silencio de nostalgia, silencio de amargura, porque allí no está Dios. ¡Silencio de espera insaciable y torturante…!

¿Dónde estás, Señor, dónde estás…? Hoy todas las criaturas me dicen distancia del Infinito, soledad, silencio… Quiero buscarle donde siempre le encontré y todas me responden que ellas no son Dios. […]

Todas las criaturas le reflejan, ¡pero no son Dios! Todas me abren la nostalgia de Él, ¡pero no me lo dan como lo necesito! Todas me dicen que Dios existe, ¡pero infinitamente distante de ellas…!

¿Dónde estará Dios tal cual es, como yo le reclamo, sin criaturas, sin cosas, sin conceptos, sin ruidos, sin palabras, sin tierra…?

¡Si te encontrara…! […] ¡Si fueras tan mío como yo te necesito…! ¿Dónde estás…? […]

¡Qué cerca está Dios y qué lejos…! ¡Cuánto silencio…, cuánta falta de vida…! Nunca encontré tan pobre la naturaleza.

Dios no puede estar allí, en aquella lejanía, en aquel monte, porque si estuviera allí sería más pequeñito que aquello. Dios no puede estar sostenido por ninguna cosa. Él está en todas ellas, y por eso todas están en Él.

Porque Dios es un Acto de sabiduría; un Acto de sabiduría que es el Ser. ¡Que es el Ser…!, que es serse Él el Ser, ¡el Ser…! Y un Acto de sabiduría que es serse Él tres divinas Personas; pero no tres personas como nosotros, sino tres divinas Personas, que cada una son todo el Ser. Y el Ser es tanto ser, que es toda la posibilidad infinita siéndose y sida, en una actividad tan infinita también, que se es en tres Personas. Tres Personas que no caben en ningún sitio y que están en todas partes, sin tener Dios partes. […]

Y por eso yo no le encuentro en ninguna parte, porque le tengo que buscar a Él como es y donde es; y le tengo que buscar, no como algo que fue o que será, sino que se está siendo.

¡Dios de mi corazón!, ¿dónde estás…?

En el apartamiento de todas las cosas y en el silencio de lo que no eres Tú. […]

Y para yo entrar en Él, tengo que ir sin nada y sin nadie, sola con Él solo, en la soledad de todo lo de acá y en el acompañamiento dichoso, infinito y sabrosísimo de las divinas Personas.

¡Qué rico es el hombre que descubre a Dios, y qué pobre el que ni siquiera sabe que tiene que buscarle! Señor, ¡el día que de verdad te busque…!, ¡el día que de verdad te encuentre…! […]

Dios no está en ninguna parte porque Él es el Ser. Es el Ser que es de por si y en si, infinitamente distinto y distante de todas las cosas creadas. Pero, si yo le busco y le encuentro, lograré que sea también para mí, y para eso me tengo que hacer distante y distinta de todas las cosas creadas. […]

Dios no está sostenido ni contenido en ninguna parte ni cosa, porque sólo está en Él, que, poseído y sido, es infinitamente distinto y distante de todo lo creado. ¡Qué distinta y distante tiene que hacerse mi alma de todo lo que no es Dios para vivir de Él!

Señor, ya no sufro aunque no te encuentre en ningún sitio, porque he comprendido que te buscaba donde no estabas y como no eres; y te tengo que buscar donde estás y como eres: en tu Ser. […]

Dios para Él está sólo en sí, y para mí se ha quedado en todas partes, pero no como yo le necesito a Él: tal como es en Él y para sí. Por eso las criaturas sólo me dicen silencio, sólo me dicen que ellas no son Dios, que en ellas no está como yo le busco: viviendo su vida en la hondura de su ser, para sí, en sí y por sí.

¡Qué alegría que Dios se sea el Ser!, ¡el Ser…!, ¡el Ser en Él, por Él y para Él…!

¡Yo quiero a Dios como es en su ser para Él, sin mí, en la hondura de su subsistencia eterna, en la Sabiduría infinita de su luz, en la Expresión eterna de su perfección y en el Abrazo coeterno de sus Personas!

Yo quiero a Dios como es, sin criaturas de acá. Y sólo así saciaré, en su fuego, la urgencia insaciable que abrió en mí […].

¡Yo quiero a Dios como es, vivido por Él y gozado por mí!

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

Fragmento del tema: “¡Si Dios estuviera en aquel monte!” (Libro “La Iglesia y su misterio” )
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