El día 18 de Marzo de 1959 tiene un significado trascendente para la vida de la Madre Trinidad y su universal misión para con el Pueblo de Dios: lo que vivió aquel día es la clave de interpretación para empezar a comprender la actuación de Dios en su alma, y el punto de llegada para conocer la conclusión de nuestro peregrinar.

“¡El día más grande de mi vida!” le llama ella. Sólo el Día eterno con Dios en clara luz se le puede asemejar y ambos días se iluminarán recíprocamente.

 

 

Extracto del libro

“LA MADRE TRINIDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIA
Y SU OBRA DE LA IGLESIA”

 

Quienes hayan hecho «El Plan de Dios en la Iglesia» o los «Días de retiro sobre el Misterio de Dios en la Iglesia», que La Obra de la Iglesia organiza como actos de su peculiar apostolado, o hayan escuchado charlas de la Madre Trinidad, la habrán oído evocar el recuerdo de ese año. Es que ha tenido trascendental importancia en su vida. Marca en ella una cumbre hacia la cual sube, como una preparación, todo el tiempo anterior, y de la cual fluye, como de una gran vertiente, todo su vivir y actuar posterior.

En el año 1959, y especialmente en una fecha determinada del mismo, el día 18 de marzo, se obró como un cambio –yo diría sustancial– en la fisonomía espiritual de la Madre Trinidad. De golpe se encontró introducida en los misterios divinos para entender, contemplar, vivir los tesoros infinitos que se encierran en el seno de la Iglesia.

Por acá y por allá, a lo largo de todos sus escritos, se encuentran vestigios o alusiones, más o menos veladas, a ese ser introducida por Dios en su vida íntima: ser «ahondada» en el misterio de su comunicación trinitaria, para allí «sorprender», «entender sin cosas de acá», «ver sin conceptos», «adorar»…

 

Atraída por la hermosura de tu rostro, me ahondé en tu misterio tan profundamente, que sorprendí tu Ser eterno en bullición infinitamente espiritual de luz y amor. (20-8-61) (Del libro “Frutos de oración”, n. 364)

Cuando me ahondé en el sacro misterio de la Familia Divina, perdí pie y me encontré engolfada en el Sancta Sanctorum de la Eterna Sabiduría, donde el Padre, reventando en Palabra de fuego, nos está deletreando su ser infinitamente amoroso. (18-12-60) (“Frutos de oración”, n. 439)

 

 

Yo ya sé de Fuente, de Vida, de Amor… Porque, puesta a la boca de tu engendrar divino, aprendí este saber tan profundo de tu eterno engendrar; y vi cómo, en manantiales de ser, surgía el Verbo en respuesta amorosa de tu decir eterno. Y allí, en el abrazo amoroso del Espíritu Santo, yo me sacié en ti para siempre. Pero saciedad que abrió en mí una capacidad tal, que ya sólo podrá llenarse al aparecer tu gloria eternamente. (Del libro «La Iglesia y su misterio», pág. 97)

¡Silencio, adoración…!, que en este instante-instante de terribilidad de ser, de amor, de eternidad… está siéndose Dios en su serse la Familia Divina y se está besando con la boca buena del Espíritu Santo y, al besarse, mi alma pequeñina se siente besada, querida, mimada y ahondada en ese sacro misterio del serse del Ser. Y allí, en el silencio de la Virginidad intocable, temblando de amor, atónita, sorprende a la Virginidad fecunda engendrando a la Figura de su sustancia, en el ocultamiento velado del beso del Espíritu Santo; beso que mi alma posee y tiene por participación para besar a Dios. (21-5-61) (“Frutos de oración”, n. 984)

Ahondada en el sacro misterio del Silencio, vi que en una sola y silenciosa Palabra estaba dicha toda la vida divina y humana, y entonces, impelida por el amor, me decidí a no decir ni a pronunciar más palabra que Ésta; y, ¡oh sorpresa!, me hice tan Palabra, que sólo sabía cantar la vida de Dios en el seno de su Iglesia. (18- 12-60) (“Frutos de oración”, n. 305)

 

 

Cuanto yo sé de Dios, se me ha descubierto, no a fuerza de discurrir, sino en el silencio de todas las cosas de acá, mediante el cual Él me ha hablado en su serse Palabra, dentro de mi corazón. (29-1-77) (“Frutos de oración”, n. 1726)

Y yo todo eso lo sé porque, como soy pequeña, me has metido ahí en tu Manantial. Y, al contemplar toda la comunicación impetuosa de simplicidad soberana y de silencio callado, quedando estática ante el rumor de tus cascadas, y al sentirme cautivada, atraída y arrebatada por la hermosura de tu Rostro, «todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí». (Del libro «La Iglesia y su misterio», pág. 101)

 

 
 

 

Quizá ha sido larga la cita de pensamientos, poesías, y textos… Pero se ha dejado en esa amplitud conscientemente, porque, nada como las expresiones de la propia Madre Trinidad, aunque veladas, nos pueden hacer intuir cómo y hasta dónde Dios quiso comunicarse a su alma para hacerla «el Eco», en repetición del palpitar de la Iglesia.

Esas frases que se le escapan como flechas vibrantes en la imponente apretura de su espíritu, insinúan algo que sólo se pudo vivir y que no se puede expresar adecuadamente; ni casi intuir por quien no haya tenido parecida vivencia. Pues para intentar penetrar en ella, hay que apoyar forzosamente el pensamiento en cosas de acá que no son las de allá, y que por ello, ineludiblemente las desfiguran.

¿Cuál puede ser el contenido real de ese ser «ahondada en el sacro misterio del serse del Ser», y «engolfada en el Sancta Santorum de la Eterna Sabiduría»? ¿Qué significado encierra el «sorprender al Ser eterno en bullición infinitamente espiritual de luz y amor» y a la «Virginidad intocable engendrando a la Figura de su sustancia»? ¿Y el «ver con la eterna Pupila» «cómo surge el Verbo en manantiales de ser»? Y… y… ¡Planes del Señor en derramamiento luminoso sobre su Iglesia!, siempre sorprendentemente nuevos en las circunstancias del momento, y siempre los mismos en el misterio de Cristo, «de cuya plenitud todos recibimos gracia tras gracia…». (Jn 1, 16)

 

 
Fragmento del libro:
“LA MADRE TRINIDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIA Y SU OBRA DE LA IGLESIA” 

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