Continuamos acompañando a Jesús en este Viernes Santo, después de la noche tan espantosa que ha pasado “acompañado” de los soldados y después de haber vivido la negación de Pedro. ¡Queremos estar a su lado hasta el último momento! Para ello, tenemos la ayuda preciosa de la luz que la Madre Trinidad ha recibido sobre este momento de la vida de Jesús y que ha vertido en numerosos escritos como el tema El Solo del cual están extraídos los párrafos textuales:

Y al clarear aquel día tenebroso del Viernes Santo, conducido por tus enemigos, eres llevado y traído a aquellos jefecillos que inhumanamente se burlaban, en el colmo del desconocimiento, del Verbo de la Vida, valiéndose del poder que Él mismo les había dado:


¡Pilato…! ¡Terrible desatino…! ¡No encuentras culpa en el reo…! ¡Pero el respeto humano te deja desahogar la envidia satánica de aquellos príncipes de la Sinagoga que pedían venganza de su corazón orgulloso! Y tú ¡oh insensato!, mandas azotar a la Fortaleza por esencia, a la Justicia infinita, a la Santidad eterna, como a un malhechor. (…)

¡Oh…! ¿Dónde están los amigos del divino Maestro? Los Apóstoles, los discípulos que le rodeaban, el pueblo que ha poco le proclamaba rey, ¿dónde están? ¡Que se está descargando todo el furor del infierno en disciplina cruenta sobre la Santidad eterna Encarnada, sobre la Justicia infinita….!

Y después de azotarle, coronarle de espinas y ponerle la capa de rey, es presentado al pueblo por Pilato: “He aquí el Hombre”, “¡Crucifícale, crucifícale!”.

¡Momento desolador…!, de soledad espantosa, en el cual Jesús, el buen Padre Amor, coronado de espinas, deshecho por los azotes, humillado, vestido de rey de burla, se encuentra ante los suyos implorando una mirada amiga, una voz de compasión, un báculo donde apoyarse, un refrigerio para su alma resecada por el dolor. ¡Pero no!: “Busqué quién me consolara y no lo hallé”. ¡ El Solo…!

Y con su cruz a cuestas, camino del Gólgota, va el Solo entre el inmenso cortejo, solamente acompañado de los traidores (…)

Y encontró al fin una mirada amiga. El Divino Caminante siente unos pasos presurosos que vienen hacía Él: unas cuantas mujeres llorando, que, valientes y decididas, llevadas por el amor que tienen al divino Maestro, acompañan a la Madre del condenado a muerte. Y Jesús busca la única mirada amiga que, en su caminar por la tierra, encontró siempre y le supo a cariño y calor de hogar. Y las dos miradas se abrazan en la unión mutua del Espíritu Santo. ¡Se han encontrado la Madre y el Hijo y se han fundido en un mismo dolor…!

¡Ya va Jesús acompañado! ¡Ya el Solo ha encontrado, como en Belén, Nazaret y durante toda su vida, su oasis en su duro caminar…. ! Pero el dolor de la Madre ante el dolor del Hijo, y el dolor del Hijo ante la mirada de la Madre, en una unión profundísima de compenetra- ción, los ha lacerado y atravesado aún más profundamente con una misma espada y un mismo dolor.

¡Jesús, ya no tiene fuerzas! Y pagan a un hombre para que le ayude a llevar la cruz. En este momento podemos ayudar al divino Maestro a llevar la cruz, cruz que nos correspondería llevar a nosotros por nuestros pecados y que Él ha querido hacer suya. Él nos mirará y recibirá nuestro consuelo.

Ahora llega el momento de clavar en la cruz esas manos que tantas veces habían curado y esos pies que tanto habían caminado predicando la llegada del Reino de Dios.

Y por fin levantan la cruz, metiéndola en el agujero que en la cima del monte habían hecho para que el “Cordero de Dios” quedara colgado, como Sumo Sacerdote, entre el cielo y la tierra para celebrar la primera Misa.

¡Ya está la Hostia inmaculada en el ara del altar, esperando el supremo momento, en el cual, en un grito desgarrador de desamparo, será consumada la redención!

Y, entre mofas, risas, burlas, blasfemias e insultos, la Santidad infinita encarnada, clavada entre el cielo y la tierra, clama al Padre, como Sumo Sacerdote, en un grito de misericordia para con sus hijos: “¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”(…)

El Solo, que se encuentra entre dos ajusticiados como Él, ¡hasta de sus mismos compañeros de muerte está solo…! Y derramándose amorosamente sobre ellos, los mira, y uno de ellos, adhiriéndose a aquella mirada divina, se compenetra con Él, le ama, se convierte, se entrega, y, en un grito de confianza, expresa el más noble sentimiento de su alma: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”.

Y el Amigo divino, volcándose en paternidad y lleno de gozo en el Espíritu Santo, le dice al primero que en una cruz confesaba su fe: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

¡Dimas, fuiste ladrón y en tu último robo, acertaste!

¡El Solo, que en cuanto encuentra una mirada amiga, lo hace un santo…. ! Y, desde ese momento aquel malhechor queda convertido en San Dimas, el buen ladrón, el que, unos momentos después, estaría con Jesús eternamente en la contemplación gozosa de la Santidad por esencia rompiendo en Amor. Y por fin, va sintiendo Jesús que se le van las fuerzas. Experimenta, el Autor de la Vida, que a su humanidad se le escapa la vida, que la muerte se apodera de Él. (…)

Y mirando a la Virgen, a su Madre santísima, a su consuelo durante su paso por la tierra, le dice señalando a Juan: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. En ese momento Jesús nos da a su Madre por Madre nuestra.

¡Qué dolor sentiría la Virgen al sentirse Madre en todo su ser, a través de Juan, de todos los hombres, y, por lo tanto, de todos aquellos hijos que, en lo más horrible de la ingratitud, daban muerte a su Hijo divino…. ! (…)

Y mirando a Juan le dice: “He ahí a tu Madre”. Y en Juan, estando representados todos nosotros, nos hace hijos de María.

Jesús está rubricando su testamento, dándonos, como prueba de su amor, por Madre a su misma Madre.

¡Gracias, María, por haber aceptado esa maternidad que no nos merecíamos!. Ayúdanos a ser agradecidos y además de amarte con locura, recurrir a ti en todos los momentos de nuestra vida, para que puedas ejercer esa maternidad sobre nosotros.

En ese momento. El Solo vuelve su mirada al cielo para buscar la mirada complacida del Padre. Y ve que la Santidad Infinita por representar Él el pecado, manifestándose como Justicia, se le vuelve en contra.

Y en un desgarro dolorosísimo de soledad cruenta, destrozado en el cuerpo, colgado entre el cielo y la tierra, desamparado de las criaturas y del Padre, en un grito desgarrador de soledad terrible, el Solo clama: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?”

Palabras misteriosas de Jesús que la Madre Trinidad desmenuza profunda y sabrosamente en su tema “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado… ?”, escrito en 1997:

Comprendiendo mi espíritu, adorante y lacerado, que, con esas palabras, Cristo manifestaba el abandono, la soledad y la angustia de su alma, al ser Él el Receptor de los pecados de toda la humanidad, aunque era el Santo, el Impecable –“a quien no conoció el pecado Dios le hizo pecado por nosotros, para que en Él fuéramos justicia de Dios”— (…)

Por lo que, al volverse el Cristo hacia el Padre, implorante, como representación y con la carga ingente de todas nuestras culpas, la Santidad infinita del Eterno Ser, tenía que volverle el rostro ante todo aquello que Él representaba (…) en una como lucha, sin lucha, entre el Padre que, como infinita Santidad, no podía abrazar a su Hijo con la carga de tantos pecados, y la petición sangrante de su Hijo inmolado:

“Padre Eterno, soy el Hijo de tus complacencias como Dios y como Hombre; o me abrazas como estoy ante Ti con la carga de los pecados de todos mis hermanos, o quedo rechazado, como Primogénito en representación de la Humanidad, con todos ellos”

Y al fin, en esta lucha de amor por el hombre, Cristo vence; y con las palabras: “¡Todo está consumado!” y, “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”, con su muerte, queda consumada nuestra redención.