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¡Vivir…! Esa es la necesidad que todo ser racional, creado por el Infinito, siente.

Vivir es ley que todos llevamos impresa en el alma. Por eso, cuando la muerte llega, para los que no tienen fe la vida se acaba, y ese grito que todo hombre tiene impreso en sí de vivir, se rebela. Y ante el misterio que el contraste de la muerte y la exigencia de vivir les presenta, los pobrecitos que no han profundizado en el misterio de la vida, se desconciertan, viendo en la muerte natural la destrucción total de todo aquello que en sí experimentan de amor, vida, felicidad, hermosura, eternidad. […]

¡Vivir…! Hemos sido creados para la Eternidad. Nosotros, los que vivimos de fe, esperanza y caridad, sabemos que esta palabra vida, que llevamos grabada en el alma, es el término sabroso, el premio glorioso para el que hemos sido creados, mediante el cual, participando de Dios, seremos dichosos por toda la Eternidad.

Tú que sientes necesidad de vivir, que vas buscando los placeres, la felicidad que sólo en Dios se encuentra, vive de esperanza en las verdades que la fe te presenta, y verás que se va encendiendo en tu ser un amor que te hará vivir una vida que ni la muerte natural ni el tiempo podrán quitarte. […]

Cristiano, cualquiera que seas, que por el bautismo estás consagrado, tú que te has entregado a vivir para Dios, que deseas glorificarle, piensa que has de dar vida a las almas, pues tu consagración te hizo universal. Que no se te pueda decir: tú que sabías lo que era la Vida, y que por ser Iglesia tenías la Palabra divina en tu seno, ¿qué haces que no me das la vida que por tu medio el Señor quiere comunicarme? Enséñame a vivir para que yo también tenga vida, sea feliz y dé gloria a Dios!

Si, además, estás entregado a Dios por el sacerdocio o la consagración, todos los hombres te exigen el alimento divino que Dios ha puesto en ti para comunicárselo.

Santo_Tomas¡No tengo que envidiar a nadie!, pues he presenciado que el Señor dijo a Tomás: “Has creído porque has visto; bienaventurados los que sin ver creyeron”. Tengo impresa en mi alma la luz de la fe que me es más cierta que mis propios sentidos, siéndome más cierto lo que ella me enseña, que todo lo que yo, por mí, pueda saber. […]

Tengo una alegría que no tuvieron los discípulos del Señor; y es que ahora, al cabo de veinte siglos, pudiendo por la fe vivir aquellos momentos, el desarrollo de la Iglesia ha dado a mi alma un conocimiento que ellos no poseían por no haber recibido la plenitud del Espíritu Santo. Por lo cual, con los pastores me voy al portal de Belén y, sabiendo a lo que voy, calo en el hondo misterio que allí se obra, iluminada por los dones del Espíritu Santo que enciende mi fe. Y en el mismo momento que el Verbo sale del seno de María, le recibo en mi seno antes de que Ella le coloque en el pesebre; porque no había quien le recibiera, “María puso a Jesús en el pesebre”. Esta frase del Evangelio tiene un hondo misterio: fue voluntad del Padre que Jesús fuese colocado entre las pajas para manifestarnos que “vino a los suyos y los suyos no le recibieron”.

La Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia. Año 1977

Mi alma se adelanta a los pastores y vive, en luz clarísima de fe, aquel momento, que sólo los ángeles pudieron apercibir, del nacimiento del Verbo de la Vida. En ese mismo instante abro mi alma para que la Madre lo deposite en mi seno, y, en silencio de esposa, aprovecho estos momentos en los cuales mi Dios hecho Hombre estaba ansioso de comunicarnos su pregón, y lo recibo en mi seno. […]

¡Vivir…! ¡Qué alegría tan grande siente mi alma de ser cristiana…! ¡Qué dogma tan maravilloso el de mi Iglesia santa…! ¡Qué felicidad vivir de fe, esperanza y caridad, y qué gozo saber que, para el cristiano que vive su cristianismo, no hay tiempo, ni lugar, ni distancias, ni siglos…! […]

 

Jesús todo lo tuvo presente desde el momento de su concepción hasta su ascensión a los cielos. Por eso lo que tú vivas ahora, en este momento, Él lo recibió vivido entonces, teniendo la alegría y el consuelo de verse acompañado por tu alma en los pasos de su vida; y tú tienes la alegría, no de haberle acompañado en un paso de su vida una sola vez, sino que, durante todos los momentos de tu existencia, puedes acompañarle en el pesebre, en Nazaret, en su vida pública, etc., etc., cosa que no pudieron hacer entonces los que con Él estuvieron, si no vivieron de fe. […]

¡Qué feliz es Dios…! Y ¡qué dichoso el que viviendo de la fe, que es más cierta que la luz del mediodía, de esperanza y de caridad, experimenta en sí una llenura de vida tal que pueda decir: “El que tenga sed, que venga a mí y beba” y el que tenga hambre, que venga a mí y coma; porque “entre el vestíbulo y el altar”, llenándome de vida divina, mediante mi sacerdocio, se ha hecho en mí una fuente que salta hasta la vida eterna!

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: “VIVIR”
(Tomado del libro: “La Iglesia y su misterio”)

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.pdf

 

 

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¡Qué grande es el misterio de Dios en Él y en su manifestación hacia fuera! Este misterio es tan profundo, divino y eterno, que el alma que lo descubre, se hace manantial de vida en saturación del Infinito y en comunicación hacia los demás de las corrientes abundantísimas que impregnan su ser. (9-12-72)

El contacto del Infinito llena el alma y, en su repletura, sentimos necesidad de hacer partícipes de nuestro gozo a cuantos nos rodean; porque el amor divino que nos penetra, es derramamiento sobre todos los hombres. (18-8-73)

El que posee a Dios, vive de su sabiduría amorosa en el gozo del Espíritu Santo, el cual nos llena de la abundancia de sus dones, para manifestar a los hombres el verdadero mensaje de Cristo. (17-12-76)

Quien vive de lo sobrenatural lo comunica; en esto se distinguen los verdaderos hijos de Dios de los que, con mirada terrena, sólo son capaces de comunicar los bienes de acá. (17-12-76)

Para saber lo que es Dios y lo que hace, lo que somos nosotros y lo que tenemos que hacer, hemos de acercarnos al silencio de la Eucaristía e, inflamados en el amor del Espíritu Santo, nos sentiremos impulsados a entregarnos a los demás para hacerles partícipes de la única y verdadera felicidad. (7-2-67)

¡Cuántos piensan que no hay que hacer oración, que a Dios se le encuentra sólo en los demás! ¡Y así nos vamos dejando engañar por ese veneno venenoso de la acción desordenada y desorientadora! (7-2-67)

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