El gran sacramento de la Unción de los enfermos da un alivio fisico y espiritual y un cariño divinos inigualables. Los sacramentos del Matrimonio y del Sacerdocio son dos pilares fundamentales mediante los cuales Dios demuestra su amor a la familia humana.

Una espontánea y solemne profesión de fe concluye este escrito que presenta los sacramentos como son, brillantes y apetecibles.

 

“Yo tengo fe inquebrantable,
recibida por medio de los Apóstoles y sus sucesores”

Yo tengo fe… Y creo asimismo que, para que nada les faltara a los Apóstoles en la misión salvadora que, sobre la humanidad caída, el Divino Maestro les encomendó, Cristo, en Pentecostés, hizo recaer sobre ellos en compañía de María, Madre sacerdotal, los dones, frutos y carismas del mismo Espíritu Santo; que se nos da por medio de la Confirmación para el fortalecimiento y robustecimiento de nuestra vida de fe, esperanza y caridad. […]

Yo tengo fe; y creo que renovados por el Bautismo, la fe nos acerca al Sacramento de la Penitencia, por el cual, la purificación de nuestros pecados nos hace capaces de acercarnos al sublime Sacramento de la Eucaristía, instituido por el mismo Cristo en la noche de la Cena, cuando, amando a los suyos, y por ellos a todos los que recibimos sus dones eternos, «nos amó hasta el extremo» y hasta el fin:

«Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: “Tomad, comed: esto es mi Cuerpo”. Y cogiendo un cáliz, pronunció la acción de gracias y se lo pasó diciendo: “Bebed todos, porque ésta es mi Sangre, Sangre de la Alianza derramada por todos para el perdón de los pecados”» […]

Y también sé por mi vida de fe que hay que acercarse dignamente a recibir el Cuerpo de Cristo:

«Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma del Pan y beba del Cáliz; porque el que come y bebe sin distinguir el cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación» […]

Por lo que, adorante ante Jesús Sacramentado y acurrucándome en su pecho, bajo la experiencia sabrosísima de su presencia íntima y amorosísima, reconociéndole como el Unigénito de Dios, único Dios verdadero, reverente y postrada, exclamo llena de sublime e inédito amor:

¡Gracias, Jesús, por haberte quedado en la Eucaristía!;
¡yo te adoro!
¡Gracias, Jesús, por haberte quedado en la Eucaristía!;
¡yo te amo!

Yo tengo fe… Y por eso creo en el Sacramento de la Santa Unción y experimento sus dones y frutos; el cual nos quita y nos purifica nuestros pecados, preparándonos para el encuentro definitivo con Dios, y fortaleciendo y confortando no sólo nuestra alma, sino también nuestro cuerpo, suavizando la enfermedad, incluso curándola si no hubiera llegado el momento definitivo del encuentro con Dios, y preparándonos para ese encuentro. […]

Yo tengo fe… Y porque ésta es para mí más cierta que lo que me puedan decir los sentidos y más clara que el resplandor del sol del mediodía, creo en el Sacramento de la imposición de las manos del Obispo con todos los poderes que el sacerdote del Nuevo Testamento, por ella, de Cristo recibe. […]

De tal forma, que el sacerdote del Nuevo Testamento, pronunciando las palabras del Divino Maestro en el momento de la Cena, cuando decía a sus Apóstoles: «Haced esto en memoria mía», perpetuando aquel momento; es capaz, por la transustanciación, de convertir el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en la Sangre del Divino Redentor; dándonos a «Cristo, y Éste crucificado», en comida y en bebida, Maná divino y manjar de vida eterna. […]

Yo tengo fe… Y creo que Cristo hizo a Pedro piedra y fundamento sobre la que edificaría su Iglesia, sin que los poderes del infierno puedan prevalecer contra ella; confiándole el pastoreo supremo de todo su rebaño. […]

Y bajo la confirmación de la palabra de Pedro y su seguridad, vivo feliz cimentada en las columnas de la Iglesia, que son los sucesores de los Apóstoles. Y bajo la sede de Pedro camino segura hacia la Casa del Padre.

Yo tengo fe. Por lo que, recibiendo amorosamente las palabras del Divino Maestro:
«¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre»;

he sentido tanta veneración, tanto respeto a la unión de los esposos, que, por el Sacramento del Matrimonio, queda santificada y elevada a un plano sobrenatural, que me hace exclamar con San Pablo: «Gran misterio es éste, que yo refiero a Cristo y a la Iglesia»

Yo tengo fe… Y porque tengo fe mi alma salta de gozo ante las palabras de Dios a nuestros Primeros Padres en el Paraíso terrenal: «Creced, multiplicaos y llenad la tierra». […]

Por lo que hoy, ante la conciencia que Dios pone en mi espíritu en relación a sus planes eternos sobre la humanidad –los cuales yo tengo que manifestar, por voluntad divina, como el Eco pequeño y diminuto, pero vivo y palpitante, de la Madre Iglesia–, y ahora con relación a cuanto vengo diciendo sobre la unión conyugal por el Sacramento del Matrimonio;

pido a cuantos quieran escuchar lo que, de parte del que Es, tengo que comunicar, pero de modo especial a los miembros del Cuerpo Místico de Cristo:

que se vayan haciendo conscientes y consecuentes de lo que el Infinito Ser soñó con relación a ellos cuando les creó para que, unidos, dando gloria al mismo Dios, llenen sus designios y planes eternos mediante el cumplimiento de su divina voluntad, que espera con su seno abierto su llenura con los hijos creados –mediante la colaboración de los esposos–, sólo y exclusivamente para poseerle, dándoles a vivir de su misma vida, bebiendo en los refrigerantes torrentes de sus manantiales divinos, saciándoles en el convite gloriosísimo y coeterno de su misma divinidad. […]

Para que cuando llegue el día de la Eternidad, que es mañana, ¡mañana, no más!, hijos queridísimos y entrañablemente amados, hayáis dado a Dios no los hijos que, según vuestros cálculos, son necesarios y suficientes, sino los que Él pensó y necesitó recibir de cada una de sus criaturas racionales, y de los miembros de la Iglesia, cuando nos creó y predestinó para cumplir sus planes eternos, llenos de designios infinitos, para todos y cada uno de los hombres.

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito “Yo tengo fe”. 
Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opusc. 17

 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí: “Yo tengo fe”.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “DIOS ES MISERICORDIA INFINITA QUE SE NOS DA A LOS HOMBRES EN LA ENCARNACIÓN”, que fue grabado el 20 de agosto de 1992 (pulse la tecla PLAY):

 

Dios es amor que ama, y la demostración de esta excelsa grandeza la realiza llorando, muriendo y perpetuándose en la Iglesia a través de los Sacramentos, sin existir para Él el tiempo; su medida es el amor. (15-9-76)

En el misterio de la Eucaristía están compendiados todos los demás sacramentos, que son signos por donde Dios se da al hombre, encerrando cada uno de estos signos la donación de la Encarnación, vida, muerte y resurrección de Cristo y hasta su última venida. (17-1-67)

Los obispos son para mí en la Iglesia el gran sacramento, porque por ellos los sacramentos son prolongados y comunicados a los hombres. (15-11-68)